Todo lo que procedere a escribir se mueve entre lo absurdo y lo no. Una vibración fluctuante continua. El lector tiene el derecho a creer o no. Esto es muy personal. La
música en mi vida ha sido un descubrimiento constante y sorprendente, dado a mi
pertenencia a una clase social “menos culta”. En un comienzo se me presento
como un regalo divino poder pertenecer al arte sonoro y conocerle a pesar de mi
estatus socio-económico. Pero con los años, a medida que uno se profesionaliza,
progresivamente se adquiere un intelectualismo respecto a la música importante,
lo cual es necesario, y a su vez, un poco cegador. Comenzamos a olvidar muchos
aspectos, inclusive a tacharlos de forma negativa; como es la simpleza, la cual
es remplazada por el sentimiento de superioridad ante otro tipo de música, ya
sea popular u otras escuelas. Queramos o no, nuestra academia es hija del
romanticismo y de la pretensión; fácilmente caemos en actitudes no fieles a lo
que debería ser el espíritu del arte. Ya es sorprendente lo pedante que pueden
llegar a ser algunos músicos de academia al mirar en menos la música popular
dado que es más “simple” que la música clásica. Hay que aceptar que la música popular
se ha ganado su espacio predominante en la música hoy en día, lo cual no ha
sido arte de magia, sino más bien un resultado lógico al intelectualismo que
domina las artes de academia.
El
intelectualismo tiene mucho de error al formar artistas, en este caso músicos,
inculcándole conceptos intelectuales respecto a cómo ser. No está bien que nos
inculquen como sentir y vivir la música de manera inconsciente, debe ser un
camino libre donde cada cual descubra su destino y sus ideales frente a lo que
ama hacer. Inclusive personalmente me pasa, que al revisar la historia de la
música y mirar al pasado, por mucho que me interese el tema, lo aprenda y lo
ame, no me siento parte de ella; es difícil sentirse heredero directo de las
nobles y sólidas tradiciones que preceden la música clásica, una historia donde
la fama escoge a sujetos de acuerdo a ciertos patrones (hombres blancos de
países económicamente bien posicionados, carente de figuras femeninas o
étnicas). El sentimiento de extranjería aumenta al darme cuenta de mi lugar
social versus el academicismo ritual de la música clásica. Un mundo que
inicialmente te enamora, para luego criarte y moldarte, para hacerte olvidar
las “malas” costumbres musicales. Como ilustra Nicolás Cook:
“Hoy en día, entrar en una sala de conciertos
es como entrar en una catedral: es literalmente un rito de paso, que da acceso
a un interior que está separado del mundo exterior tanto económicamente como
acústicamente. En el interior del santuario prevalece un código estricto de
etiqueta para el público; no solo hay que estar en silencio y permanecer más o
menos inmóvil mientras suena la música, sino que hay que evitar aplaudir entre
movimientos, reservando los aplausos hasta el final de una sinfonía o concierto
completo. Los interpretes están sometidos a un código igualmente estricto, que
va, por ejemplo, desde el modo de vestir (esmoquin para conciertos orquestales,
pantalones negros y camisa de colores para música antigua, etc.) hasta la
convención de que los pianistas (pero no los organistas) y los cantantes (pero
no en los oratorios) en los recitales tengan que cantar de memoria, excepto en
las más exigentes obras contemporáneas”. (Cook, 2001)
Ser
músico significa vivir como músico, o eso me ha enseñado la academia. Vivir un
mundo del cual no vengo, casi como un actor del cotidiano. Está bien, pues hay
todo un público conocedor del culto y las reglas al cual no debes fallarle, el
cual es “el público intelectual”, es decir, el público que puede apreciar la música
clásica. Mientras que el otro público no habitúa nunca la música clásica, y
cuando se le es invitado a participar, queda en evidencia su desconocimiento
del rito, dejándolo en vergüenza y aumenta su desapego a un mundo que no
entiende. El intelectualismo no invita a la gente a saber más, sino que recalca
la falta de cultura en la sociedad, aumentando el abismo existente
socio-culturalmente. La pretensión del intelectualismo musical, esta imagen que
pretende mostrar la música clásica como algo culto, lo único que hace es alejar
a la gente simple. La música (y el arte en general) no debería alejarse del
público, sino que debería ser una experiencia estética abierta a todo aquel que
quiera sentirla, sin necesidad incluso de entenderla. Hay que ser capaz de
mirar la realidad sociocultural sin miedo, y mirar a los ojos la pobreza, la
segregación y como es que nos han robado el Arte. Es totalmente poco moral que
la gente pobre crea que la música clásica solo es aquella que toca André Rieu
en sus conciertos de entradas millonarias. Juanjo Sáez explica la segregación
del arte de una manera muy tierna en una conversación ficticia con su madre
(quien pertenece a la gente ‘normal’ que cree no entender el arte):
“Mamá,
el arte es un tesoro que nos han robado. Solo los intelectuales pueden
disfrutar del tesoro; la elite de la cultura. Han encerrado el arte en un cofre
de conocimientos, para abrir la cerradura es necesario haber leído mucho. Pero
cualquier persona mínimamente sensible puede romper la cerradura y encontrar el
tesoro, e incluso con creatividad puedes hacer tu propio tesoro. A los
intelectuales esto les molesta mucho y no quieren permitir que esto suceda, a
ellos les ha costado mucho, han tenido que cultivarse mucho para llegar a ser
“los guardianes” y no toleran a los “listos” que saltan sus reglas. Entonces no
paran de intentar hacernos sentir mal recordándonos nuestra incultura y nuestra
incapacidad para almacenar datos. Pero el que no siente no vive. Acumular y
analizar datos no es vivir. Al fin y al cabo, la vida es un cumulo de
sensaciones.” (Sáez, 2014)
No
se puede decir que el intelectualismo está mal, o lo que sería aún más grave;
volver al romanticismo. Claramente el arte de postguerra paso un momento
difícil, donde el rechazo al romanticismo y los ideales pasionales causo un
despertar, una búsqueda constante de nuevos caminos. Lo cual es totalmente
necesario, el arte necesita avanzar y adoptar un espíritu revolucionario. Fue
(y aun es) una época de muchos cambios, y, en consecuencia, dada la abstracción
y el proceso mismo de la historia, el público general se alejó
considerablemente de las artes, por “no entenderlo”. El dodecafonismo de
Shoenberg, el serialismo integral de Boulez y la música estocástica de Xenakis
son ejemplos de hitos musicales para la historia importantísimos, pero no muy
digeribles a primera. Premiados por el academismo, imponiéndolos como música
fuera del alcance de alguien normal, con una técnica extenuante y compleja, y
un resultado sonoro sobre rebuscado. Se le asigna valor por el discurso detrás
de la música, más que por el resultado sonoro. Una persona normal, como mi
madre, no entiende completamente nada de lo que sucede al escuchar este tipo de
obras. Y he aquí uno de los mayores problemas en la concepción del arte para la
gente normal: el arte no necesariamente debe ser comprendido, debe ser sentido
y generar una experiencia estética a partir del instinto de cada persona. Sin
saber nada, un cuadro de Picasso, como por ejemplo Guernica puede generar sensaciones muy fuertes en el público, sin
necesidad de descifrar todos los símbolos.
La
música popular puede ser tan compleja e innovadora como la música clásica, como
los grupos de rock progresivo, math rock, etc. con complejidades técnicas altas
son queridos y altamente populares, porque el público jamás ha de juzgar como
algo inentendible, más bien las acepta y los sigue sin mayores preguntas. Y en
bandas como The Beatles, los cuales
fueron mundialmente conocidos y totalmente idolatrados en su época, es
sorprendente que cuenten con temas como Revolution
9 de, un tema totalmente experimental, el cual utilizo técnicas que se
utilizaban en la academia, como el collage y herramientas de la música
concreta. A pesar de la extrañeza que podría causar el tema en su época, no
deja de ser un tema conocido por todos y aclamado por muchos. El público no
tiene por qué entender que sucede ahí, pero si puede apreciar el efecto que
genera el collage, los sonidos de la cinta alterados, etc.
He
ahí la clave: hay que dejar de sentirse superiores al público, a los críticos o
a las demás artes, por el contrario, hay que extender una invitación cariñosa a
las personas para que se encuentren con la música sin necesidad de entenderla,
sino que experimentar sensaciones en el momento, como todas las artes. El
cariño de la gente a la música popular es totalmente consecuencial a la actitud
que tomo el intelectualismo con las artes, dado que la técnica con la que se
trabaja muchas veces puede ser similar, el discurso inclusive tiene similitudes
(entre algunas bandas de rock y compositores doctos), lo que cambia es el trato
con el público. Darles a las personas normales el poder de disfrutar algo sin
prejuicios hacia su persona, hacia su intelectualismo. Cualquier persona puede escuchar
lo que se le apetezca, ir al recital que quiera, usar una polera de los Beatles
y nadie ha de juzgarlo.
El
intelectualismo también ha de atacar y apoderarse de géneros subversivos como
era el Jazz, el cual ahora es un símbolo de estatus intelectual enorme, pues
claro, otra vez nos hacen creer que “es música demasiado compleja para todos”,
olvidando sus raíces de rebeldía; “La realización estética se convierte en
deporte y en un sistema de trucos (…). Pero la expresión, autentica portadora
de la protesta estética, sucumbe al poder contra el cual protesta. De ese
poder, toma el jazz su tono de sorna y miseria, aunque lo disfrace
transitoriamente de claridad y pasión.” (Adorno, 1944-1992)
No
hay que dejar que el intelectualismo nos aleje de lo fundamental del arte
musical; la escucha. Es necesario volver a lo simple, sin juzgar a nadie
respecto a su cultura, su conocimiento o profundidad respecto a la música. Me
atrevo a citar de nuevo la tierna explicación de Juanjo Sáez:
“Ver
una idea sencilla y genial, nos hace creer que eso se le puede ocurrir a
cualquiera. Nos hace creer que nosotros también podemos ser geniales y eso
siempre nos gusta. Las creaciones sencillas nos hacen tener fe en la capacidad
del ser humano. Nos habla de nuestra esencia y la inteligencia común a
todos. Este tipo de ideas nos
integradoras, nos unen. En cambio, las ideas muy complejas, rebuscadas o
incomprensibles nos distancias y nos hacen ver a los artistas que las crean
como seres ajenos a nosotros, nos recuerdan que somos unos mediocres y eso no
gusta.”
Si
algo heredamos el romanticismo y muchos no se hicieron cargo de eso posguerra,
fue la imagen del compositor como un genio incomprendido, superior a las demás
personas. Gracias a figuras como John Cage, Steve Reich u otros compositores
sonoros, que, en vez de generar más conflictos con la escucha y el público, nos
acercaron a un mundo sonoro maravilloso que convive con nosotros en lo
cotidiano. Creer que la música es sublime solo en una sala de concierto o solo
si se estudia en conservatorio arduamente, es caer en una generalización
inexacta respecto a lo bueno y lo malo, inclusive cuando se alude a la falta de
trabajo o esfuerzo.
Más
que seguir alimentando el intelectualismo formal, deberíamos mirarnos al espejo
y reconocer la crisis en la que se encuentra la creación musical de academia;
la música contemporánea. A modo de conclusión respecto al daño que nos ha hecho
el intelectualismo y la imagen de la música clásica como algo exclusivo para
aquellos que son intelectuales, el artista sonoro Miguel Álvarez genera
cuestionamientos necesarios para la academia y nuestro futuro, como músicos
clásicos y una conclusión que me ha de robar las palabras respecto a la
simpleza que nos hace tanta falta:
“¿Cómo
enfrentarnos al temor que forzosamente genera lo nuevo o desconocido? ¿Cómo
hacer compatibles nuestros deseos de seguridad, o la consciencia de que
“nosotros somos los que sabemos de música”, con la honesta necesidad de abrirse
hacia formas de expresión sonora que cuestionan desde la raíz los presupuestos
que nos han enseñado como fundamentales, y que nuestra sociedad todavía
defiende a través de su maquinaria institucional? ¿Cómo educar a los jóvenes
estudiantes de composición, sin engañarles? (…) Pues la consecuencia ultima al
que nos invitó John Cage, es que ahora el núcleo de la actividad musical no
radica en la producción de sonido, sino en la escucha. (…) Y todo ello nos ha
permitido deshacer cualquier disyuntiva entre sonido y música, entre música y ruido,
entre sonido y silencio… Y, lo que es lo mismo, entre músicos y no-músicos… Y,
al final, entre el arte y la vida”. (Álvarez-Fernández, 2011)