Ghor Bosch

entrevista que me robé por ahí:

"Los monos con ropa están profundamente confundidos en su apreciación del arte y la belleza. Ojo, no tengo ninguna intención despectiva llamándoles monos. Es grandioso ser un mono. Lo que me parece realmente patético es no ser capaz de ir y venir sin ropa. Ya ves, hay unos 38°C aquí y no hay ninguna razón verdaderamente buena para ir y venir tan vestidos como vemos pasar a los monos con ropa. Y luego dicen que los que los distingue del resto de los animales es ser racionales. Pero es más, sólo hay pésimas razones para andar tan vestido un día como hoy: vergüenza, afirmación de identidad, proyección de estatus, sobre todo vergüenza. Yo tengo las huevas empapadas, me escurre el sudor por los muslos. Probablemente tenga que ver más con las Bosch que bebí ayer que con el calor, pero de todos modos. ¿Cuánto asunto inepto que intenta salir del cuerpo no debe estar ahora retenido por calzoncillos, remeras o qué se yo? Los más racionales de todos adelantan aún más el bloqueo, usando desodorantes que evitan que la porquería siquiera salga por los poros. ¡Panta rei! ¡Panta rei! Y luego se preguntan por qué enferman, cómo es que se formó tal tumor y realizan encomiables empresas para prevenir el cáncer. Por la compra de cada calzoncillo y desodorante estás aportando a la fundación mis huevas. No, gracias. Pero de lo que yo quería hablar era de los conceptos de belleza y arte. 
 Todo gran arte es anónimo y/o colectivo. Arte es creación. Y caos, la nada madre de todo, copula y pare continuamente. La creación no terminó el séptimo día. El Tao que puede ser nombrado no es el verdadero Tao, eso se supone que lo saben todos, pero todavía podemos ver a artistas lloriqueando porque algún otro les plagió. Hay pocas cosas más miserables: considerar también la imaginación un recurso, y de aquellos catalogados como no-renovables. Repito: todo gran arte es anónimo: Shakespeare, El Bosco, El lazarillo de Tormes, el Tarot de Marsella, Banksy, Luther Blisset, Tiqqun, el precioso Buda del monasterio de Ngyen Khag Taktsang, Las mil y una noches, Ned Ludd, las frutillas, la chirimoya, la Piscina de Hamilton, la Playa Escondida, los crop-circles, etcétera, etcétera. Ya habló Julien Coupat de la función policial del autor desde la prisión de La Santé y es evidente que la belleza no tiene mucho más que hacer con la policía que deshacerla, sea con sangre o con baba. La belleza será convulsiva o no será y no hay nada mejor que El Bosco… es absurdo que sea considerado un autor cuando apenas firmó algunos de los muchos cuadros que se le atribuyen y no fechó ninguno. Por lo demás, Bosch no era el apellido de nadie sino un lugar. Hoy los eruditos discuten si tal o cual cuadro fue de su autoría o de alguno de sus “discípulos”. Poco se sabe de ese tal Hieronymus, pero si hay un secreto a voces es que participó de la Hermandad del Espíritu Libre, una secta de herejes que no sólo practicaba la comunidad de los bienes sino también de los cuerpos, amor libre. ¿Acaso tales seres se iban a privar de compartir también la creación y la belleza? 
 Pero si yo me hago llamar Ghor Bosch y en este momento me escurre por las piernas lo que no pude asimilar de las cervezas Bosch que tomé ayer y si hace un momento estaba hablando del Bosco, es porque de lo que en verdad quiero hablar es del bosque ¿No es obvio? “La belleza es frágil” dice en un lindísimo libro titulado El jardín de las peculiaridades. 
 Pero señoritos y señoritas están preocupados de que no se les raye la mesa y no se les manche el piso en un único y bendito delirio junto a restauradores de moais, pirámides y Monas Lisas. La madura y racional importancia del patrimonio. Mientras, cada vez que cagan se limpian literalmente el culo con el bosque y sus múltiples formas de vida –no me cansaré de llamar la atención sobre este hecho, tan cotidiano. Por mí que las malditas pirámides desaparezcan de una puta vez y pueda volver a florecer la selva y su cambio constante. Su fragilidad. Por mí que todas las malditas mesas –donde los niños no pueden subir los codos-, se pudran y vuelva la madera a alimentar la Tierra voraz, y los monos vuelvan a comer en cuclillas, acostados, de pie, arrodillados, hincados o en cualquier otra posición menos sentados en una silla con las tripas plisadas en noventa grados, para que puedan digerir bien y no se les llene de mierda la sangre y por ende de caca el cerebro. Que nunca más se escuche sobre la faz de la Tierra el imperativo “Siéntate bien a la mesa a comer”, que nunca más la mente adultócrata haga del precioso prana otro pobre pensamiento, “Siéntate bien que puedes dar vuelta la comida y manchar la mesa”, y que toda la abundancia vuelva a volcarse sobre la Tierra sin que nadie lo entorpezca. Panta rei.