Bajo tu pobre falda,
cruzas los barrios bajos,
en un aturdimiento
de ansias inexpresadas.
Ayunos prolongados
de pan y de ternura,
enmarcaron tus ojos
con la ojera del hambre.
Escudriñas a ciegas
el fulgor de una llama,
en la cerrada niebla
de la desesperanza.
Y el anhelo frustrado
se rompe a cada paso
en una queja amarga.
Y tras tus pisadas,
las charcas de la angustia
ennegrecen el alba,
Tus hijos, engendrados
en aire enrarecido
de dolor y miseria,
recogen el estigma
ácido del hastío.
Y luchas como hiena
por conservar lo tuyo:
Que la vida malsana
no te arranque del pecho
tu gorjeo, tu arrullo.
No, nunca ha sido dura
para tu brazo firme,
la más ardua faena.
Tus pulmones se pliegan
en ángulo cerrado
sobre la dura artesa.
Y el trabajo es deleite,
si logras extender
sobre la mesa tosca,
un sencillo mantel,
y servir a tu gente
la sopa con aromas
y la ensalada fresca.
Si tu hombre embrutecido,
se enreda entre otras hembras
o deja en la cantina,
semana tras semana
los zapatitos nuevos
de tus hijos descalzo,
tu lecho solitario
te anuda en la garganta
la culebra impetuosa
de llantos retenidos.
Es hora de decirlo
de dejarlo estampado
en la bandera
que flamea más alto;
tu sacrificio heroico,
tu abnegación callada,
tu reciedumbre altiva,
tu resignación tacita,
son los cuatro pilares
que sostienen la raza.