con tinto en sus brazos cantándole a un destino ciego.
Entre escombros corrí descalzo y el paso cambiado,
el aliento endemoniado de nosotros se fue apoderando.
La triste sombra solo miraba sosegada de envidia
pues es mi propia imagen la que maquina pesadillas.
Testigos son los miedosos ropajes y las angustias del tiempo,
que la sangre marginal se trasluce en mi piel y mis huesos.