El asunto es el siguiente, un día te despiertas y te das cuenta que te dedicas a tocar un violín gigante. Así de simple; tocas contrabajo. Es raro… vivir en el abismo de las ondas bajas, un lenguaje secreto, escondido entre vibraciones gigantes que revolotean en el suelo. Claro que es un oficio como cualquier otro, puedes desenvolverte en muchos tipos de música y esas cosas que te dicen cuando te presentan a este gigante amigo de cuatro cuerdas, o a veces cinco. Pero si mides un metro cincuentaisiete, es medio raro, sumándole a eso, que eres pobre y mujer, olvídate… No es que me esté quejando, de verdad no me afecta. Aunque realmente yo no sé porque lo hago, porque lo elegí o si está bien o mal, sólo sé que jamás lo abandonaré, porque dejarlo no es una opción, podría serlo, obvio, pero no lo es…
Parece tan fácil tocar contrabajo, mover los dedos y tocar “con los dedos” unos pizzicatos locos como acompañando un instrumento que hace melodía, pero no es tan así, amigo. Hay que ser valiente, esa es la palabra, valiente. Imagínate tocas un instrumento más grande que tú, un brazo más alto que tú, como si tocaras un ropero, un mueble, pero no es tan así. ¿Qué clase de persona toca un violín gigante sin sentir dolor? Entre la cuerda y la tastiera cabe un dedo, ¿cachay lo mucho que tienes que apretar la cuerda para que suene? Y espérate a crecer, que no es simplemente apretar la tastiera en cualquier lugar, hay todo un sistema matemático pitagórico de afinación que hay que aprender para poder afinar una onda tan amplia. Tiene que ser exacto, quirúrgico. Hay que aprender a llegar a lo más profundo de la nota, lo más hondo y vasto en el armónico. Dirán que son fuertes, los hombres más incrédulos, pero todos sufrimos para llegar a la esencia de la nota, yo los he visto, sufriendo como yo ese dolor en la espalda y en los dedos. Todos los días haciendo ejercicios para fortalecer la mano, los dedos, los callos, esos callos que te hacen ver la mano de una forma horrible, pero a la vez te llena el pecho de un extraño orgullo; una rara recompensa del trabajo duro. Anda a lavar la loza, es algo demasiado triste, ¡Te saca los callos! ¡Tu trabajo de todo un mes se va en una sola lavaza! Igual hay gente que tiene nana (es algo que yo jamás he vivido amigo mío, incluso me parece raro, contratar a alguien para que limpie por ti, como un esclavo, espera ¿Qué siglo es este?) Como te iba diciendo, es difícil, si, es duro, pero no me arrepiento.
Agrégale a esa mano izquierda, la dificultad de la mano derecha, porque puta que hay tipo de formas de tocar este coso gigante. Cacha que hay mil formas de tocar pizzicato, suave, fuerte, bartok (el que menos me gusta porque es muy bruto, pero pega es pega), pizzicato jazz que es con otra parte del dedo, el de orquesta con un sonido redondo. Y el arco, uff el arco, hay mil y un tipos de golpes de arco, ligando muchas notas en un arco, legato como que no se sienta el cambio de nota, stacatto que es la mitad de la nota pero que resuene, el spicatto, marcato, detache, martele, portato etc. Y hay demasiados métodos para practicar todos los días muchos golpes de arco. Igual todos los cuerdistas hacen este trabajo, pero si comparas la proporción del arco con el instrumento, el contrabajo tiene un arco absurdamente pequeño (como una cuarta parte quizás), al lado del violín, que el arco supera el tamaño del instrumento. No conformes con esta desventaja, nos peleamos entre nosotros según la escuela de arco; tienes que elegir qué tipo de arco tocarás. Esta el alemán y el italiano. Entre los alemanes puedes tocar la técnica alemana, vienesa, streicher (que es la que toco yo) y otras, mientras por el otro arco puedes saber italiana, francesa y realmente no sé cuál más. Uno se especifica en una forma de tomar el arco y le das todos los días. Mínimo una hora de cuerdas al aire y trabajo de vareolaje del arco, después otra hora de escalas y arpegios con variaciones de golpes de arco y así, empiezas el día.
Se necesita una paciencia y concentración de oro para poder estudiar esto, tirarte con todo a la profundidad del instrumento. Yo creo que tocar contrabajo es como meditar, escucharlo, guiarlo, afinarlo, definirlo, sentirlo, vivirlo, conectarse con él, relacionarse por completo; porque para poder hacer todo esto a la vez, mientras estas parado o sentado en una silla alta de bar (incomoda al rato también) tienes que involucrar todo tu cuerpo, el peso de todo tu brazo, la fuerza palanca en la mano derecha e izquierda, para no hacer fuerza innecesaria, el oído atento, la vista leyendo símbolos en una partitura, sin olvidar respirar, porque eso sí que hace mal, nada peor que tocar tenso, es un ticket al fracaso y a las lesiones… Si tocas parado tienes que ser fuerte y resistir, yo tengo una pierna más musculosa que la otra, un hombro más abajo (porque no hay otra forma de tocar con el arco cerca del puente, para que te de un color más brillante, tipo cello) y tengo una joroba a mis 22 años. Cuando tocas sentado son otros dramas, te duele el potito, tienes mayor tensión en la mano derecha y otras cosas que no sé, porque paso ocho horas parada, no sentada. Perdón, creo que te estoy aburriendo un poco, me voy en la vola, pero es que yo sólo se hablar sobre contrabajo.
¿Conoces a más contrabajistas? Yo creo que estamos todos locos. Bueno, los músicos en general, pero los contrabajistas son raros, como nos tratamos como hermanos, pero a veces no confías en ninguno. Hablamos sobre contrabajos y contrabajistas famosos tardes completas, sobre como tocar y esas cosas. Hasta yo me aburro, pero no sabemos hablar de otra cosa, solo de contrabajo. Algunos nos relacionamos amorosamente entre nosotros, algunos tienen hijos, otros matrimonios, como también están los que se odian y no se ven, la competencia y esas cosas estúpidas. Debo reconocer que mis peores experiencias amorosas han sido con contrabajistas, pero también debo aceptar que hay algo en ellos, que también esta en mi, que me hace quererlos igual, amarlos por la noche, escucharlos por el día. Y debo aceptar que hay muchos a los cuales no soporto ni la presencia. ¡Por qué pelean! Si somos tan pocos, deberíamos ser todos amigos y cantar juntos… No los entiendo, pero no creo que llegue a entenderlos, ni entenderme a mí, pero bueno. Simplemente somos sujetos raros.
¿Cómo llegamos todos a esto? Yo creo que nadie llega por mero gusto, es siempre el destino quien te pone una señal en el camino, la casualidad no juega aquí. Yo un día desperté y había un contrabajo en mi casa, un contrabajo para mí; un contrabajo de un cuarto, ahí, parado mirándome. Lo miré todo el día de reojos, en esa semana le abrí la funda a escondida varias veces en el día. Nunca había visto un instrumento así en mi vida. Mi hermana tocaba violín en esas orquestas municipales, y yo odiaba el sonido agudo del violín en la noche, quería alejarme de él. Como la orquesta no tenía un lugar para guardar instrumentos, mi mamá se ofreció a guardar algunos. Ahí llego, y no lo dejé. Los primeros años fueron fomes y duros, no entendía que hacía, era joven, y bueno, el contrabajo no es llegar y tocar, ya te conté, es algo duro. Tuvieron que pasar años sin que me diera cuenta que tocaba un violín gigante, pero que simplemente lo tocaba, por una razón casi mística y mágica. La verdad es que nunca he sido buena en lo que hago, pero lo hago. Igual me han pasado cosas lindas, pero por puro carisma, o por pura magia.
Cuando tenía que decidir qué hacer con mi vida, me propuse comprar un contrabajo, yo jamás he sido de dinero, y en ese tiempo no tenía ni Fonasa. Trabajé desde pequeña en orquestas, mientras estudiaba, y junté el dinero necesario para comprarme un contrabajo chino, pero mío. Pero yo no lo elegí, llegué a la tienda a ver un contrabajo, pero ahí estaba este, por error, un modelo distinto al que compraría. Pero fue amor a primera vista. Lo vi y sentí que debía llevarlo. Ha sido de los momentos más lindos de mi vida. Tiene unas tapas increíbles para ser chino, y me aguanta todo el gordo lindo. Jamás me falla, es como el halcón milenario de Han Solo. Lo amo demasiado. Ese momento fue mi dulce condena del destino. Vas a tocar y a tocar nomás, me dijo al oído mientras lo tocaba. Como que ahí me vi sumida en el abismo de las ondas bajas, ya no había vuelta atrás. Pero a mi gordito no lo cambio, a veces me aburre un poco verle la cara todos los días tantas horas, y me siento ahogada en las salas de estudio, que para más remate son blancas y pequeñas, como promocionando la locura. Pero no podría dejarlo. Es amor. No sé explicarlo.
Pero amigo, debo aceptar que igual me da miedo todo esto, porque hace 7 años que creo que no sé donde vivo. Sé llegar a mi casa, a la universidad done estudio y a la orquesta donde trabajo. Mi vida comienza cada mañana a las 6 am; me levanto, me ducho, me visto, tomo desayuno, me lavo los dientes, me sirvo almuerzo para la tarde en un pote (comprar comida es muy caro), y me voy en metro, apretada hasta el metro cerca de la universidad, tomo una micro que muchas veces no alcanzo a tomar, porque se llena, y llego a la universidad a estudiar sin parar hasta el almuerzo. Almuerzo y aprovecho de hablar con gente, si son músicos, alimento mi locura, si son de otra cosa, finjo cordura. Luego sigo tocando hasta que debo tomar la micro y el metro en hora punta. Viajar como corderitos hacia la muerte, pero con la fe de llegar al destino. Ensayo hasta las 9 de la noche y vuelvo a tomar metro lleno hasta mi casa, llego tipo 10 pm y me tomo un tecito, me relajo un rato, y me dejo morir para al día siguiente hacer lo mismo. He pasado cuatro años así, con un ritmo mortal. Igual lo he hablado con mi profesor, que lleva toda una vida con un ritmo mortal, y jamás me ha dicho algo esperanzador, por el contrario, el ya no almuerza o descansa. Toca y toca, es un músico de oficina total. Me da miedo. Si sigo así, solo sabré hablar de contrabajo, supongo. De hecho, te he hablado de contrabajo todo este rato, y podría seguir contándote mil historias sobre contrabajo, como que Dragonetti en su época ganaba lo mismo que los cantantes, imagínate ganar lo mismo que Justin Bieber o alguien que esté de moda, qué sé yo. Igual a veces leo, o veo películas, en vacaciones, pero no sé, siento que no es suficiente, porque yo no sé qué sucede afuera, ni que es la política, ni que es la religión, ni qué como, ni que duermo. No tengo idea sobre la vida de mi familia, de mis vecinos o comunidad. Estoy encerrada en un perímetro tan pequeño y amplio, que me confundo. Yo no sé nada que no sea tocar contrabajo. No sé ni cómo me llamo… a veces creo que importa, otras no, otras no sé… mmm… ¿En qué siglo dijiste que estábamos? ¿No me quieres, cierto? Se nota. Nota? ahhhh, como amo las notas...